El Comercio Justo coge el bus

A lo largo de esta semana 200 marquesinas de autobuses de Madrid están sirviendo para difundir el Comercio Justo. La campaña “Para disfrutar de un buen café no hace falta que termine molido nadie” toma así visibilidad para el ciudadano de a pie gracias a la labor de la Coordinadora Estatal de Comercio Justo.

Como ya comentamos en el blog, la elección del café como centro de la campaña se debe a que es el producto más representativo de este sistema comercial alternativo que procura el desarrollo de los países del Sur.  En 2010 la facturación de café justo en España fue de 11 millones de euros, la mitad de las ventas del sector.

Y es que son los productos de alimentación – como café, cacao o azúcar- los que mayor aceptación tienen entre el público, muy por delante de la artesanía, textil u otros segmentos. De hecho siete de cada diez artículos vendidos en Comerico Justo son de alimentación. Esto explica que en 2011 las ventas de Intermón Oxfam en este área crecieran un 3,4%, impulsadas por su comercialización en supermercados y grandes superficies, informa EfeAgro.

Quienes lo adquieren como compra responsable o inteligente confían en las principales sellos certificadores de Comercio Justo, credibilidad que no han conseguido ganarse otras etiquetas existentes en el mercado. Pero además, el consumidor menos concienciado con los problemas sociales y medioambientales también aprecia la calidad y sabor de estos productos elaborados de forma natural que componen la cesta de la compra básica.

Esta semana hemos sabido además que el Ayuntamiento de Madrid va a introducir criterios de Comercio Justo en sus contrataciones. Desde el Consistorio afirman también que están favoreciendo la introducción de estos productos en el vending municipal y que pretenden incorporarlos en museos y centros culturales de la ciudad. Así pues, el trabajo de la CECJ y las principales organizaciones del movimiento está dando sus frutos.

Anuncios

Y sin embargo no embargamos

A propósito del embargo de la UE al petróleo iraní, se me ocurre porqué nosotros, los consumidores, no hacemos lo mismo. No me refiero a no comprar más barriles al país tiranizado por Ahmadineyad (¿lo habré escrito bien?). La inmensa mayoría de los mortales pasamos de las importaciones de crudo y nos limitamos a introducirlo -ya refinado- por medio de una manguera en nuestros vehículos. Por cierto, la del surtidor donde reposto habitualmente debe estar picada, pues siempre echo la misma cantidad de dinero y sin embargo – y con embargo también- la aguja cada vez marca menos cantidad…

A lo que iba, que si la UE veta el petróleo del país persa porque no está de acuerdo con su programa nuclear con uranio enriquecido, y a todos nos parece genial, indiscutible, obvio, lógico, normal, un acierto, etc. porqué no hacemos lo mismo, a título particular, y castigamos, dejando de ser sus clientes, las conductas irresponsables, por ejemplo, del banco que utiliza nuestros ahorros para invertir en armas, de la multinacional agroalimentaria que nos endosa fruta madurada a base de transgénicos y pesticidas, de la firma de moda que explota a sus trabajadores en talleres clandestinos en países empobrecidos, de la papelera que arrasa con los bosques de Indonesia, etc…

Vaya, que porqué no embargamos, que empecemos a embargar de una vez, antes de que sea demasiado tarde, que hay formas alternativas de consumir sin perjudicar a nadie o haciéndolo muchos menos de lo que nos han inculcado en un sistema de compra, usa y tira, y no se te ocurra reducir, reciclar, reutilizar, reparar… No vaya a ser que la rueda se detenga -perroflauta- y la economía se hunda y te quedes sin empleo.

Anda, ¿pero si la economía está peor que nunca y el paro también? A lo mejor es que este modelo al que obedecemos a ciegas no es tan perfecto como nos venden. Bueno, para esas grandes compañías que no cesan de obtener pingües beneficios no dudo que sí, pero no para el que in”vierte” el petróleo en el coche  y cruza los dedos para que la aguja caiga hacia la derecha lo máximo posible, o el asalariado al que le suben los impuestos y los precios y congelan su sueldo, o ya ni te cuento para las comunidades de países en vías de desarrollo a las que despojan de sus tierras y contaminan su entorno.

Lo dicho, ¡ciudadanos del mundo, embargad!

Para disfrutar de un buen café, no hace falta que termine molido nadie

Este es el lema de la nueva campaña lanzada por las 34 organizaciones de Comercio Justo, coincidiendo con la entrada de un mes marcado por las compras navideñas.

La Coordinadora Estatal de Comercio Justo pretende de esta manera promover la compra de este tipo de productos que forman parte del consumo responsable, ya que en su proceso de elaboración se respetan los derechos sociales de los trabajadores así como al medio ambiente.

La campaña tiene como protagonista al café, puesto que, después del petróleo, es el producto que genera un mayor volumen de negocio en todo el mundo. Se estima que anualmente se consumen 600.000 millones de tazas de café. En 2010, su comercialización generó 16.500 millones de dólares en ingresos a los países exportadores, según la ONG Setem.

Los principales países productores son Brasil, Vietnam, Colombia, Indonesia y Etiopía, mientras que los principales compradores son la Unión Europea (especialmente Alemania, Italia, Francia, Bélgica y España), Estados Unidos y Japón.

El precio del café se fija en las Bolsas de Nueva York, Londres y otras europeas. Sin embargo, el Comercio Justo establece un precio fijo a los grupos productores, independientemente del fijado en el mercado internacional, de manera que les permita cubrir los costes básicos y asegure unos salarios dignos.

Un reciente estudio de Intermón Oxfam centrado en Uganda señala que en la cadena de Comercio Justo, los productores de café de dicho país reciben un 12 por ciento del precio final de cada paquete de 250 gramos, mientras que en el caso del comercio convencional reciben el 5 por ciento.

Spot para disfrutar de un buen café

Pasar más horas en el trabajo no quiere decir trabajar más

Es una verdad de perogrullo para cualquier experto en recursos humanos. Pero nuestro país, no contento con ser líder en desempleo se empeña en serlo también en el tiempo que pasan los que sí lo tienen en su puesto de trabajo. Lo de calentar la silla después del horario laboral es una costumbre sui generis del empleado iberíco, rara avis dentro del ecosistema europeo.

Hay quien achaca el hábito de terminar la jornada laboral pasadas las ocho de la tarde, cuando daneses, noruegos o británicos ya están pensando en irse a la cama, a nuestro carácter latino, como si una maldición genética nos obligara a entrar tarde en la oficina, dedicar dos o tres horas a la comida y tener que parar dos o tres veces para tomarse un café con algún compañero para no reprimir nuestra connatural sociabilidad.

Pero sobran argumentos para descartar que pasar más horas en el trabajo equivalga a trabajar más, o a ser más productivos. El intentar demostrar al jefe el “compromiso” con la empresa por aferrarse a la silla hasta bien entrada la noche muchas veces lo que evidencia son las propias carencias. Y, aunque todavía queda un buen trecho por recorrer, el perfil del directivo español ha ido perdiendo caspa en los últimos tiempos, y  -mejor cualificado- valora la calidad y la profesionalidad antes que la cantidad o el servilismo.

Conciliar vida personal y familiar con el trabajo es una de las asignaturas pendientes del modelo laboral patrio. Esto es lo que viene defendiendo desde hace tiempo la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles, que acaba de celebrar un congreso en San Sebastián. Una de las conclusiones a las que se ha llegado es que mejorar los horarios laborales “es bueno para las empresas y para las personas” ya que puede ayudar a “aumentar la productividad” y “facilitar la conciliación”.

Las empresas que se digan responsables no pueden permitir las maratonianas jornadas de trabajo por sistema. Entre las principales razones, porque afecta a su principal activo, los empleados, así como a sus familias, por no mencionar el aumento del gasto en consumo energético que conlleva la prolongación de los horarios de trabajo, que perjudica el medio ambiente.

Si nos paramos a reflexionar, no existe ningún motivo para perpetuar este mal hábito, y al igual que se han erradicado otras constumbres que se antojaban imperecederas,  es fundamental acabar con las largas jornadas de trabajo por la salud de la sociedad.

Consumo responsable desde la escuela

Uno de las carencias del sistema educativo español es, a nuestro juicio, no introducir desde los primeros niveles de la enseñanza obligatoria dos materias que consideramos básicas para la formación de cualquier ciudadano: economía y consumo responsable.

En el caso de consumo responsable, es cierto que por convencimiento de profesores o comunidad escolar algunos centros educativos llevan a cabo semanas de concienciación y sensibilización, en las que suelen contar con la colaboración de ONG que operan en este ámbito. Sin embargo, aunque  estas iniciativas son sumamente positivas, no son suficientes.

No estamos diciendo que el aprendizaje del consumo responsable tenga que ser una asignatura, ni que se le dedique el mismo tiempo que a las matemáticas, la lengua o el inglés. No es eso. Pero sí es necesario que forme parte de los programas educativos, bien como parte de algunas asignaturas, bien como actividades extraescolares… Pero es imprescindible, por el bien de la sociedad y del entorno, que desde el sistema educativo se traten de instaurar unas pautas de consumidor responsable.

La próxima semana se celebra en Valladolid la Semana Europea para Escolares, que, además de acercar a los más jóvenes la realidad europea, servirá para fomentar el consumo responsable bajo el eslogan ‘Consumiendo menos para vivir mejor’. Para ello se pondrán en marcha talleres sobre reciclado o información sobre etiquetado.

Creemos que este tipo de actividades son necesarias, pero, como hemos señalado anteriormente, no deberían depender de iniciativas aisladas, sino estar asentadas dentro de la educación obligatoria.

Ojo con el pescado que comes

Me parece espeluznante la conclusión del estudio realizado por el Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación con la colaboración de la Universidad de Oviedo: el 8,6% del pescado que nos venden como merluza no es tal, sino que se trata de otros pescados de calidad y precio inferior, como publica Periodismo Humano.

Aparte del fraude económico supone un engaño para los consumidores, que en algunos casos pueden verse perjudicados en su salud. La panga, que procedente de granjas intensivas de acuicultura de Vietnan y China está invadiendo el mercado español, es la especie que más se está utilizando para venta como merluza.

Es necesaria una actitud responsable del consumidor, que ha de solicitar información a quien le vende el pescado sobre su procedencia. Para ello tiene derecho a ver la caja en la que ha sido transportado y comprobar el etiquetado. De esta manera, con una actitud consciente sobre la compra que realizamos, evitaremos que esta práctica indiseable se siga propagando.