Ética y transparencia, principales atributos de la empresa responsable según los ciudadanos

Podemos ver el vaso medio lleno o medio vacío. Lo que es cierto es que el colectivo formado por consumidores críticos sigue creciendo. El ciudadano quiere empresas responsables que le proporcionen productos y servicios que causen el menor impacto social y medioambiental. Las marcas tienen ante sí el importante reto de comunicar su desempeño y esfuerzo en línea a las nuevas demandas de un cliente selectivo, que valora este comportamiento antes de adquirir un producto o contratar un servicio.

El informe “El ciudadano y la RSE”, que por quinto año consecutivo ha elaborado la Fundación Adecco, señala que el 49% de los ciudadanos se muestra selectivo a la hora de consumir, e incorpora criterios de responsabilidad en sus decisiones de compra, como el respeto a los derechos humanos o al medio ambiente. En el estudio anterior la cifra era dos puntos menor.

En cuanto a los requisitos que debe cumplir una empresa para que el público la considere como responsable, tres atributos sobresalen respecto al resto: Ética (58% de los encuestados), Transparencia (56%) y Diversidad (45%), refiriéndose esta última  a culturas corporativas en las que primen los procesos de selección por competencias: aquéllos que no discriminan por factores como la edad, el sexo o el hecho de tener un certificado de discapacidad.

Por cierto, aunque los ciudadanos interiorizan pautas responsables y piden que las empresas también lo hagan, el 65% desconoce el significado de la RSE.

 

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Lecciones desde Senegal

Yén a Marre Senegal  responsabilidad política y ciudadana

Mientras en España, un país con marca y todo, un ejemplo de ética y compromiso con los administrados como Francisco Camps da lecciones de responsabilidad social en la política -todo hace indicar que el próximo año la estrella invitada  a tan eminente foro será la ílustre Andrea Fabra- llama la atención una iniciativa ciudadana en Senegal que apela precisamente a eso, a la responsabilidad de la clase política así como la de los ciudadanos para que actúen como tales.

Todo arrancó hace algo más de un año cuando el parlamento de este país africano intentó sacar adelante una reforma constitucional para perpetuar en el poder al expresidente Abdoulaye Wade, que llevaba ya 12 años como máximo mandatario.

Una concentración masiva de ciudadanos contra la reforma constitucional junto a la Asamblea Nacional logró que se retirara la propuesta. De ella nació el movimiento Y’en a Marre, contrario al régimen wadista, origen de una serie de movilizaciones -que costaron la vida a varios manifestantes-  que fructificaron en la victoria electoral de Macky Sall en marzo de este año.

Y’en a Marre interpeló durante la campaña a la responsabilidad, tanto de gobernantes como de individuos, para construir una sociedad donde reinasen los valores cívicos. Así, dieron forma al Nuevo Tipo de Senegalés (NTS), un decálogo de normas que pueden resultar inocentes como “yo pagaré mis impuestos”, “no malgastaré el agua”, “respetaré el trabajo del prójimo”, etc..

Este colectivo invitó a los nuevos diputados de la Asamblea Nacional, en el mismo lugar donde empezaron sus reivindicaciones, a realizar el juramento simbólico de un código similar: el Nuevo Tipo de Diputado (NTD), un código ético para sus representantes que proclama:  “Soy un nuevo tipo de diputado, yo trabajo. Soy un NTD, la República se antepone a mi partido; soy un NTD, soy esclavo de las necesidades de la población; soy un NTD, me esfuerzo para ser el garante de la democracia y el buen gobierno; soy un NTD, velo por la separación de poderes, la salvaguarda y el fortalecimiento de las instituciones o soy un NTD, lucho contra la corrupción…”, entre otros principios.

Resultará ingenuo sí, pero dado el grado de desfachatez generalizada, no estaría mal ver a nuestros políticos, en la plaza pública, comprometerse ante los ciudadanos a realizar la función para las que han sido elegidos, es decir, procurar el bien común, y no el suyo propio, el de sus familiares y allegados, o el de su partido. Y que, como los senegaleses, los ciudadanos españoles nos comprometiéramos asimismo con el devenir de nuestra sociedad, a ejercer nuestras responsabilidades como tales, más allá de deposítar en una urna un voto cada cuatro años para  después olvidarnos de la cosa pública o solo quejarnos de cómo van las cosas.

Fuente: Diagonal

¿La avaricia sólo es cosa de ricos?

La avaricia es gran medida la culpable de que 1.000 millones de personas en el mundo pasen hambre, según la FAO, casi una de cada 7 personas en el planeta. A escala nacional, el afán de acumulación de riqueza evidenciado en los últimos años con la extendida especulación con la vivienda -que hizo a unos pocos muy ricos y a otros muchos creer que tenían un tesoro que se apreciaba cada día- está también detrás de la situación económica actual, con una de cada 5 personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza.

Sin embargo, cuando hablamos de este pecado capital no deberíamos llevarnos a engaño y pensar que es algo propio del opulento empresario iconografiado tantas veces con su frac, sombrero, bastón y puro. El afán de acumular por acumular, a costa del prójimo si es menester, se ha extendido también entre los “curritos”, olvidados ya los tiempos, parece ser, de solidaridad y fraternidad con el compañero de al lado. El hombre lobo para el hombre resurge con toda su crudeza en tiempos inciertos.

Y digo esto porque en los últimos días he sabido de casos que así lo constatan. Por ejemplo el de una empleada de una gran empresa española, que tras encontrarse un talonario de cheques restaurante – de estos engañabobos ya hablaremos en otra ocasión- osó a preguntar por la persona, compañera, propietaria del mismo. Los sabios consejos que recibió entre sus colegas fueron que se olvidara de buscar a la despistada y se los quedara, si total, nadie se iba a dar cuenta. El más honesto de ellos fue quien propuso que se los devolviera, pero que se arrancara unos pocos cheques en compensación. Finalmente, la halladora del “tesoro”  (valorado en 100 euros) encontró a su dueña y se lo entregó, ante la absoluta incredulidad de ésta, que debió pensar que todavía quedan panolis por el mundo.

Me reafirma en mis sospechas de que la avaricia, antes cosa de ricos riquísimos, se ha convertido también en algo propio de gente de a pie, que, pese a no tener problemas para llegar a fin de mes, se muestra ávida por tener  un poco más para consumir (móviles, cenas, peelings, masajes, qué se yo..) un reportaje que vi ayer de pasada en las noticias de tv. Se trataba de un estudio que pretendía medir la honestidad de los españoles haciendo creer a las inocentes cobayas que la cartera, con el dni de su propietario, que se habían encontrado en el suelo estaba ahí por azar, mientras un despiadado cámara grababa su reacción… El resultado del bochornoso sondeo concluyó que solo un 30% de los “encuestados” entregaba la cartera a la policía…