Decrecer para ser más feliz

Existe una vieja creencia muy arraigada que asocia el crecimiento económico con aumentos en la calidad de vida de la población. Esto es cierto cuando se parte de unos niveles económicos bajos, pero no lo es cuando se sobrepasa un determinado umbral de riqueza. A partir de ahí, el crecimiento trae consigo consecuencias perjudiciales como un aumento del estrés de los ciudadanos y de las horas de trabajo, del miedo a perder su estatus o problemas de salud como consecuencia de la contaminación aparejada. Por poner un símil, ¿alguien recomendaría a una persona obesa seguir comiendo más?

Otro argumento que desmonta las tesis de los defensores a ultranza de este modelo económico imperante en la sociedad actual, es el carácter limitado de los recursos naturales necesarios para incrementar la producción, como es el caso del petróleo o el agua. De hecho, actualmente, para satisfacer ese afán de crecimiento estamos robando recursos a las generaciones futuras. ¿Seguiríamos recomendando a esa persona comer más de lo necesario sabiendo que la comida es limitada?

Por lo dicho hasta aquí, es comprensible que el decrecimiento económico tenga cada día más defensores. Decrecer no implica pérdida de bienestar, pues producir, trabajar, gastar y consumir menos no significa vivir peor. Nuestro amigo sería más feliz disminuyendo su ingesta de alimentos.

Entre las claves del decrecimiento se encuentran las siguientes:

Reutilizar: No usar  y tirar

Reciclar:  Dar otra vida a aquello que ya no nos sirve

Relocalizar:  Los procesos productivos para consumir local

Redistribuir: la carga de trabajo. Esto supone acabar con el desempleo

Reducir. El consumo. Abandonar la vieja idea de que ocio equivale a consumo

Revaluar: Nuestras creencias y valores

Está claro que para que esto ocurra es necesario un cambio de mentalidad. Una transformación de los valores que han reinado en los últimos tiempos. Este es el reto. Si lo conseguimos los beneficios serán infinitos.

Para saber más sobre decrecimiento: Carlos Taibo, profesor de Ciencia Política y de la Administración en la Universidad Autónoma de Madrid

Por Estela Álvarez, licenciada en ADE

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Y sin embargo no embargamos

A propósito del embargo de la UE al petróleo iraní, se me ocurre porqué nosotros, los consumidores, no hacemos lo mismo. No me refiero a no comprar más barriles al país tiranizado por Ahmadineyad (¿lo habré escrito bien?). La inmensa mayoría de los mortales pasamos de las importaciones de crudo y nos limitamos a introducirlo -ya refinado- por medio de una manguera en nuestros vehículos. Por cierto, la del surtidor donde reposto habitualmente debe estar picada, pues siempre echo la misma cantidad de dinero y sin embargo – y con embargo también- la aguja cada vez marca menos cantidad…

A lo que iba, que si la UE veta el petróleo del país persa porque no está de acuerdo con su programa nuclear con uranio enriquecido, y a todos nos parece genial, indiscutible, obvio, lógico, normal, un acierto, etc. porqué no hacemos lo mismo, a título particular, y castigamos, dejando de ser sus clientes, las conductas irresponsables, por ejemplo, del banco que utiliza nuestros ahorros para invertir en armas, de la multinacional agroalimentaria que nos endosa fruta madurada a base de transgénicos y pesticidas, de la firma de moda que explota a sus trabajadores en talleres clandestinos en países empobrecidos, de la papelera que arrasa con los bosques de Indonesia, etc…

Vaya, que porqué no embargamos, que empecemos a embargar de una vez, antes de que sea demasiado tarde, que hay formas alternativas de consumir sin perjudicar a nadie o haciéndolo muchos menos de lo que nos han inculcado en un sistema de compra, usa y tira, y no se te ocurra reducir, reciclar, reutilizar, reparar… No vaya a ser que la rueda se detenga -perroflauta- y la economía se hunda y te quedes sin empleo.

Anda, ¿pero si la economía está peor que nunca y el paro también? A lo mejor es que este modelo al que obedecemos a ciegas no es tan perfecto como nos venden. Bueno, para esas grandes compañías que no cesan de obtener pingües beneficios no dudo que sí, pero no para el que in”vierte” el petróleo en el coche  y cruza los dedos para que la aguja caiga hacia la derecha lo máximo posible, o el asalariado al que le suben los impuestos y los precios y congelan su sueldo, o ya ni te cuento para las comunidades de países en vías de desarrollo a las que despojan de sus tierras y contaminan su entorno.

Lo dicho, ¡ciudadanos del mundo, embargad!