La comunicación empresarial, una oportunidad para la pyme

Bajo el lema “Comunicación con conciencia” Madrid acogerá del 21 al 23 de este mes el World Public Relations Forum (WPRF), congreso bienal que reúne a algunos de los principales exponentes mundiales de la comunicación corporativa para analizar el presente del sector y arrojar luces sobre tendencias de futuro. Personalidades que gestionan la marca, reputación, relaciones con los medios y otras áreas de la profesión de grandes firmas internacionales y relevantes instituciones políticas, sociales o académicas.

En la sociedad de la comunicación global en la que estamos inmersos, la estrategia de comunicación constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier empresa. Como apunta Ángel Alloza, director de la Fundación Corporate Excellence Centre for Reputation Leadership, solo aquellas empresas con buena reputación y marcas sólidas que sean coherentes con lo que hacen y dicen serán capaces de competir en los mercados globales, entre otras razones, porque los intangibles suponen hoy día el 80% del valor de la empresa frente al 20% de los activos tangibles. De la gestión de estos recursos -comunicación, marca y reputación- dependerá el posicionamiento de la empresa.

Cuando hablamos de la progresiva importancia de la comunicación corporativa no nos referimos solamente a las empresas de gran tamaño. Las pymes tienen en este campo una gran oportunidad. Una adecuada estrategia de comunicación aporta aspectos muy beneficiosos como valor de marca, diferenciación de la competencia o confianza del consumidor. Independientemente de sus recursos económicos, la pequeña y mediana empresa hoy en día tiene a su alcance las herramientas necesarias para difundir sus mensajes y hacer que su propuesta, sus productos y servicios, lleguen al público al que se dirige y, lo que es más importante, lograr que éste se identifique con sus valores.

La comunicación corporativa, bien gestionada, es capaz de proporcionar a la pyme un considerable retorno. Por eso, y aún más en estos tiempos de crisis, debe ser considerada como una inversión rentable.

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Amargo círculo vicioso

fotoEstán siendo estos últimos tiempos de despedidas. Amigos que salen de España a probar fortuna en otros países. Personas jóvenes muy bien preparadas, con experiencia y con trabajos, que dejan por ser inferiores a su cualificación, o porque ésta no es más valorada en la empresa para asumir mayores responsabilidades que ser “amigo o familia de”. Y no solo por ellos, sino también  por todos los que están cruzando la frontera porque aquí no pueden desarrollarse profesional ni vitalmente, uno siente una extraña mezcla de tristeza y alegría. Es triste que un país como el nuestro vaya a perder a buena parte de la generación mejor formada, condenada a trabajos precarios o donde no pueden llevar a la práctica su potencial.  Alemania, Reino Unido o los países nórdicos deben estar encantados de que España forme bien a los que serán parte de su cuerpo de ingenieros, médicos, investigadores, etc. La alegría viene, porque, aunque en todos sitios cuezan habas, llegan a sus nuevos destinos con toda su inocencia y buenas intenciones, repletos de ilusiones, tras escapar de un país enfangado hasta el cuello.

Esta semana se han dado a conocer los 10 países más felices de la OCDE. Una lista en la que no está España por increíble que les pueda parecer a muchos de nuestros dirigentes. El tercer lugar de este ranking lo ocupa Suecia. Allí, por ejemplo, el acceso a la vivienda está regulado por ley, y un joven puede vivir en el centro de una ciudad -o donde quiera- a un precio razonable. La calidad del aire que respiran sus habitantes es mejor que en otros países porque el medio ambiente es una prioridad para los ciudadanos y sus gobernantes. La gente está contenta por ésta y otras muchas razones que conforman una sociedad cívica.

Y uno se pregunta qué es primero para llegar a vivir en un país así: la gallina o el huevo. El civismo de los ciudadanos o el de sus gobernantes. Qué hay que hacer para que en el entorno en el que transcurre se dé más importancia al aire que respiramos no esté contaminado que a tener no sé cuantos bienes materiales y el puesto más insustancial en cualquier administración para toda la vida; que una persona educada y capacitada para atender a unos enfermos, descubrir tratamientos contra enfermedades o educar a nuestros hijos, es decir, aportar un bien a la sociedad, viva al menos con la misma holgura que un político de tercera división o allegado analfabeto; donde sus ciudadanos estén orgullosos de su tierra no solo cuando gana su equipo de fútbol, y den lo mejor de sí mismos cada día para que en ella se viva mejor.

Para llegar a la conclusión de que es la pescadilla que se muerde la cola. Que la  verdadera conciencia de ciudadano, la necesidad de interiorizar y respetar unos valores cívicos por el bien de todos ha de inculcarse desde edades tempranas. Sin embargo los sistemas educativos los hacen y deshacen en España gobernantes interesados, por su propia supervivencia y la de su casta, en perpetuar una sociedad inculta e individualista cuando no enfrentada, crispada, cuyo desapego por el progreso de la comunidad en la que viven, de la que no se sienten parte, el arraigado fatalismo de que “las cosas son así, así han sido siempre y no se pueden cambiar” alimenta y reproduce el amargo círculo vicioso.

¿La avaricia sólo es cosa de ricos?

La avaricia es gran medida la culpable de que 1.000 millones de personas en el mundo pasen hambre, según la FAO, casi una de cada 7 personas en el planeta. A escala nacional, el afán de acumulación de riqueza evidenciado en los últimos años con la extendida especulación con la vivienda -que hizo a unos pocos muy ricos y a otros muchos creer que tenían un tesoro que se apreciaba cada día- está también detrás de la situación económica actual, con una de cada 5 personas viviendo por debajo del umbral de la pobreza.

Sin embargo, cuando hablamos de este pecado capital no deberíamos llevarnos a engaño y pensar que es algo propio del opulento empresario iconografiado tantas veces con su frac, sombrero, bastón y puro. El afán de acumular por acumular, a costa del prójimo si es menester, se ha extendido también entre los “curritos”, olvidados ya los tiempos, parece ser, de solidaridad y fraternidad con el compañero de al lado. El hombre lobo para el hombre resurge con toda su crudeza en tiempos inciertos.

Y digo esto porque en los últimos días he sabido de casos que así lo constatan. Por ejemplo el de una empleada de una gran empresa española, que tras encontrarse un talonario de cheques restaurante – de estos engañabobos ya hablaremos en otra ocasión- osó a preguntar por la persona, compañera, propietaria del mismo. Los sabios consejos que recibió entre sus colegas fueron que se olvidara de buscar a la despistada y se los quedara, si total, nadie se iba a dar cuenta. El más honesto de ellos fue quien propuso que se los devolviera, pero que se arrancara unos pocos cheques en compensación. Finalmente, la halladora del “tesoro”  (valorado en 100 euros) encontró a su dueña y se lo entregó, ante la absoluta incredulidad de ésta, que debió pensar que todavía quedan panolis por el mundo.

Me reafirma en mis sospechas de que la avaricia, antes cosa de ricos riquísimos, se ha convertido también en algo propio de gente de a pie, que, pese a no tener problemas para llegar a fin de mes, se muestra ávida por tener  un poco más para consumir (móviles, cenas, peelings, masajes, qué se yo..) un reportaje que vi ayer de pasada en las noticias de tv. Se trataba de un estudio que pretendía medir la honestidad de los españoles haciendo creer a las inocentes cobayas que la cartera, con el dni de su propietario, que se habían encontrado en el suelo estaba ahí por azar, mientras un despiadado cámara grababa su reacción… El resultado del bochornoso sondeo concluyó que solo un 30% de los “encuestados” entregaba la cartera a la policía…